Por KITO CARABAJAL
Primeros meses del año 1966, el colectivo El Trébol desandaba el camino provincial desde su punto de retorno, por entonces Weisburd, en su recorrido habitual desde la ciudad capital hasta esa localidad del Dpto Moreno, dos veces por semana, transportando pasajeros y bártulos por un polvoriento camino sembrado de pozos . Lo conducía Don Arce, chofer de absoluta e imperturbable parsimonia y buen talante, habituado a desparramar simpatía y buen humor acompañado de Juan Carlos Silva como guarda, hijo del dueño del vehículo y también de excelente trato. De venida acostumbraban a proveerse de diarios El Liberal y revistas (Gente, El Gráfico, Goles, etc) consumidos por ávidos lectores que esperaban el paso del colectivo en recónditos lugares tan solo con ese fin. En El paraje El Pértigo, 13 kilómetros al oeste de Weisburd, había ascendido al transporte un joven de apellido Carabajal, apodado Kito, de 19 años, quien habíase recibido de maestro en el fin de año precedente y aspiraba a ejercer el magisterio donde Dios y el Consejo de Educación gusten manda. Oriundo de esa población, había cursado sus estudios primarios en la Escuela Pcia de San Luis Nro 198 y secundarios en el Instituto Secundario Mariano Moreno, posteriormente Escuelas Pías, ambos de Quimilí. Vieron su partida sus padres Doña Ernestina y Don Juan, afincados allí hacía largos años, dueños de un almacén de ramos generales que proveía de lo esencial y algo más a lugareños y personal foráneo que trabajaba en la cuadrilla de Vías y Obras, dependiente del ferrocarril Belgrano.
Sumido en sus pensamientos el viajero, de estatura regular, contextura delgada y cabello castaño oscuro, sin característica alguna digna de destacar, se aposentó en el asiento inmediato al conductor y vió desfilar ante sus ojos los puntos inmediatos del recorrido: Pampa Muyoj con su estación del ferrocarril todavía con movimiento por aquel entonces, Mistol Pampa, Villa Brana, emporio maderero ya en franca decadencia…..Unos kilómetros antes de Las Tinajas punto final del ramal ferroviario cuyas vías férreas corría en paralelo al camino transitado, hacia su izquierda, el joven alcanzó a ver fugazmente un poste de madera basta con un cartel de chapa en su parte superior, con una pequeña flecha y letras burdas que decía: Pje Catamarca 1 km. Nada, en lo más mínimo, hacia suponer al viajero que esa referencia sería de vital importancia en un futuro mediato.
La ciudad de Santiago del Estero no tenía muchos recuerdos en la memoria de nuestro protagonista, salvo un específico viaje, no hacía mucho tiempo, con el urgente propósito de adquirir un traje para lucir en la fiesta de egresados que en pocos días se realizaba, como era tradicional, en el Club Juventud Unida. Del evento guardaba a cal y canto un episodio que, in pectore, le provocaba un leve rubor. Dado lo inmediato del acontecimiento social y en vistas de que las prendas adquiridas tenían un calce perfecto el susodicho estrenó su indumentaria en la noche festiva sin mayores retoques. A la hora de participar del primigenio vals la pista se pobló de 19 parejas, entre ellas el debutante protagonista, quién antes de danzar los primeros pasos atinó a prenderse el saco con la desagradable sorpresa de que los ojales de la prenda estaban cosidos . No hubo uña ni nada que sacara del bochorno al danzarin por lo que tuvo que hacerlo, con las faldas volando, en el medio de la vorágine, para pasar desapercibido.
A primera hora del día siguiente a su llegada a la ciudad, Kito Carabajal se hizo presente en el Consejo General de Educación, por entonces sito en Entre Rios 55, un edificio de cinco pisos, toda una novedad para el flamante docente que un buen tiempo supo transitar su escalera por no saber usar el ascensor. El objetivo, la secretaría General del organismo, estaba en el cuarto piso, y allí se apersonó para manifestar sus buenas intenciones de incursionar en los insondables misterios del pizarrón. Una solícita empleada escarbó en su memoria y recordó que había un expediente en trámite para una escuela a crear a pedido de los vecinos de un paraje del Dpto Moreno denominado …Catamarca. El mundo es un pañuelo, dicen. Pero el asunto tenía sus bemoles, no era soplar y hacer botellas. Había que andar y el hombre anduvo, día tras día, semana tras semana, se hizo amigo del Secretario General y un grupo de sus subalternos que luego del horario de trabajo recalaban en la Confitería Munich que supo estar sobre Avenida Belgrano a poco del Banco Provincia. Allí se armaba una ruidosa tertulia, cerveza va cerveza viene, a la que el pajuerano no le hacía asco, hallándole razón a todos visto los consabidos bolsillos flacos y como dice Yupanqui….hambre por demás. Hasta que llegó el dia en que se alinearon los planetas y la luz se hizo. La escuela fué creada con el número 288.
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