miércoles, 24 de enero de 2018

ENCUENTRO DE MUSIQUEROS EN VILLA BRANA



Palpitando el Festival del Itin

Cofradía. Bandoneón, guitarras, bombo, asado, vino y muchas historias. El Gringo Maquina, hermanos, hijos, adláteres, desde Santiago Capital, Pico Gordillo y Reina desde Buenos Aires y Kito Carabajal de Quimilí compartieron horas inolvidables en la añosa casa de Roberto Ruiz, que pertenece a su familia, antiguos pobladores del lugar..
El pasado sábado 20 de enero de este año 2018 en pañales, estaba programada una nueva edición del Festival del Itin, en Villa Brana, Dpto Moreno. La Diosa Natura no acompañó al evento y en la mañana del dia señalado una copiosa lluvia  hizo agua las buenas intenciones de los organizadores, la Comisión Directiva del Club Atlético Villa Brana, entidad novel que vino a reemplazar al mítico Obreros de los tiempos lejanos de hacha y quebracho, materia prima de la voraz fábrica de tanino emplazada en la cercana Weisburd.
En aquellos lejanos, tan lejanos que hasta parece un sueño, buenos viejos tiempos, la empresa ferroviaria General Belgrano extendía sus venas de hierro en el ramal Quimilí-Las Tinajas, transportadora de la abundante riqueza forestal de la zona hecha durmientes, postes, carbón etc. Lo que parecía inagotable veta  comenzó a flaquear decretando en lejanos escritorios la inviabilidad de una epopeya que dió vida, comunicación, agua en veranos de fuego y miles de historias y misterios de adiós sembrados por el tren, como dijo el poeta. 
Resabio de ese pasado de sudor y trabajo Villa Brana sufrió la declinación propia de tantas poblaciones de similar contexto, solo quedó la estación con sus andenes desiertos, las playas vacías, las vías muertas y la campana de bronce que trajeron los ingleses, con un tañido atragantado en un sopor de tristeza y de silencio.
Como un ser que se debate en las últimas manifestaciones de la vida la gente no se resignó a este triste destino y luchó y lucha por una subsistencia difícil pero posible. Vino un nuevo dueño de la tierra que de un plumazo y alambre mediante corrió ( y nunca mejor usada la expresión) a todos para el otro lado, a la vera del canal que trajo el agua de la cuenca del Salado.
Casas humildes con techos de tierra, de esos que se gotian, pero con Direct TV y ruidosos grupitos electrógenos, rugientes motos de toda laya, alguna que otra majada que trisca en el monte y la total ausencia de aquellos viejos cercos poblados de coys que en el verano reventaban de sandías, zapallos y calabazas y rubias mazorcas que se acopiaban en rebosantes trojas. Esa es la tónica de la actual población.
Ahora llegó la luz eléctrica y eso es algo lindo. Muy lindo. Las noches no son tan noches si hay focos prendidos aquí y allá, iluminando la pobreza que, a decir verdad, ya no duele tanto.
                                               LA FIESTA QUE NO FUE
En el marco descripto a vuelo de pájaro y con la expectativa que es de imaginar se esperaba la fiesta del Itin, que como todas las cosas comenzó tïmidamente y que con el correr de pocos años  derivó en una envergadura que involucra a toda la región: Catamarca, Las Tinajas, Mercedes. Amamá (Apapá, como decía en son de broma Coco Rodriguez, un paisano que aparecerá más adelante), Weisburd, Tintina y otras localidades.
El hombre propone y Dios dispone y Dios dispuso que el sábado lloviera no a cántaros pero si  en forma calma y persistente, A eso de las once, el daño, si es que fue daño, ya estaba hecho. La lluvia cesó pero la fiesta ya había sido suspendida.
 La casa que fuera de Doña Celsa de Jesús Montenegro, que trajera a la vida doce hijos en connubio con Fortunato Ruiz, comisario de aquellos, es la única en pie de este lado del alambre.
A unos 200 metros se yergue, exactamente al frente, la casa que fuera “la sala”, como se denominaba antaño a la edificación siempre señorial donde funcionaba la administración, almacen y centro neurálgico de la explotación. Ama y señora durante muchos años de esa sala fue doña Angela de Perez, apodada “Doña Runí”, apócope de vaya a saber qué denominación. Pero esa es otra historia..
La casa de Doña Celsa, fallecida el 29 de septiembre de 2011, a solamente ocho meses de cumplir cien años, se llamó a silencio,  nadie vivía allí. Techos altos, de pasto y tierra, reforzado con plásticos para evitar las goteras, horcones de quebracho colorado, varas y tablones de algorrobo, fue una coraza para cobijar tantos momentos felices compartidos y  algunos otros, que duda cabe, de dolorosa connotación.
En el interior esperando en vano el regreso de la dueña quedaron mesas, aparadores, atiborrados de elementos de cocina, camas y por supuestos cuadros, fotos en las paredes encaladas, que resistieron el paso del tiempo hasta que un dia una rama del viejo árbol, Roberto, jubilado de sus oficios en Buenos Aires, no supo o no pudo aguantar la nostalgia, las famosas “saudades” de los brasileños y se vino de la gran ciudad a despertar al gigante dormido de los recuerdos.
Alli sentó sus reales el hombre. En los días previos a esta fecha de marras, cayó al jaguel un paisano montado en un brioso Toyota Etios de color blanco acompañado de su donosa que más que donosa es Reina, de nombre, oriunda de Weisburd. Matrimonio de muchos años radicados en “la capi,viste”, padres de tres hijas, profesionales todas ellas en distintas disciplinas, el hombre es “Pico” Gordillo, hijo de Don Gordillo, enfermero durante décadas de la sala de primeros auxilios, y Doña Panchita, una miel hecha persona, hermano de “ la Lila”, gran mujer, también enfermera, todos ellos fallecidos pero vivos en el corazón de su hijo y en esas paredes de la vieja casa, todavía enhiesta, a poquitos metros del portón de entrada a la estancia, porque aunque nos duela decirlo, Villa Brana es una estancia, un pueblo que tiene dueño.
                                       LA FIESTA YA HA COMENZADO
Estaba previsto desde tiempo atrás para esta ocasión la presencia de unos villabraneros, de nacimiento unos. de crianza otros, radicados en Santiago Capital. Perdidas las esperanzas de que lleguen los foráneos por la ingratitud del camino a Amamá cuando llueve. el anfitrión, junto a sus visitantes se disponían a dar cuenta de una rica comida preparada por Reina cuando los sentidos se encabritaron por un ruido de motores corporizado en dos robustas camionetas Ford de las cuales dieron pie a tierras siete paisanos, más de uno de robusta contextura.
Los abrazos se sucedieron con ruido a aleteo de caranchos y cuando se disipó la emoción el cronista pudo acceder a la identidad de los recién llegados. El mayor y voz cantante del grupo, por decirlo de alguna manera, “ el Gringo Maquina”, sin acento, sus hermanos Cacho y “Turi”, sus hijos Juan Manuel y Mariano, el primo Coco Rodriguez y Walter, un hijo del corazón, buen bombisto y “cebador”, pero no de mate. Sacó un diez en el examen de esta profesión.
Apenas apeados los infrascriptos se dieron a la ímproba tarea de hacer fuego, ante la mirada socarrona de los lugareños pero que no puede un paisano con hambre a la una de la tarde. Dos conservadoras así de grandes se asentaron a la vera de la vieja cocina de doña Celsa, a la cuasi sombra de la ramazón de un añoso algarrobo sostenida, por si las moscas, por una estaca.
De ese continente emergieron a su debido tiempo o sea ahí nomás unas botellas de oscuro líquido, rubia cerveza, hielo como para hundir el Titanic y tiras y tiras de asado. Hasta mientras y como para que el tinto no caiga en vacío Reina sirvió una fuentada de fideos con salsa y carne que recibió los honores del caso.
A la hora y media, cosa e Mandinga, la carne, orgullo de esta tierra, convertida en doradas tiras estuvo servida en la mesa. Aquietados que fueron los apetitos epícúreos, no se que quiere decir pero suena lindo, llegó el momento de sacar las herramientas de trabajo. De un oscuro cuadrilátero emergió el instrumento creado por el alemán Band, trasplantado a esta tierra hasta convertirse en el señor de los carnavales de piso i tierra i oloroso a pólvora por el crepitar de los “cuetes”.
Ya pelaron su guitarra Cacho y Coco, “Pico” trajo la suya, casi vírgen de estos entreveros, que cayó en la manos de quien escribe, que dicho sea de paso no le tiene envidia al sapo porque también sabe saltar. Como “muletto” quedó la de Roberto porque hacha para cortar leña no había pero guitarras…
En la memoria del escriba, que no es de un solo hervor, supo recalar en su lejana infancia la borrosa imagen hecha leyenda de un bandoneonista, animador de las fiestas, a quien se conocía como “Maquina¨, apellidado Abregú. Era trabajador de la industria forestal en la atención de distintos tipos de máquinarias, ya sea de aserraderos, chorbas, etc, a quién los rusos Weisburd en su trabajoso castellano apodaron “ Maquina”, sin acento, reitero.
Este “Gringo Maquina”  que vino de Santiago, hijo de aquel, y que me abrazó como si fuera un hermano que pudo conocer después de muchos años, adquirió estatura de gigante cuando comenzó a “mantiar” el fuelle color marrón ornado de filigranas. Walter puso el bombo entre sus piernas, Cacho cantó una hermosa chacarera y comenzó la fiesta, carajo, la que vinimos a vivir y de la cual quizás no estábamos enterados. Porque estas cosas no se programan como un festival al que lo ataja el agua como un yanarca, a pocos metros del viejo corral de las chivas de Doña Celsa, la fiesta, la auténtica fiesta del itin había comenzado.


                                              CANTOS Y CUENTOS
 Bien regados eso si, para qué uno se va a hacer el abstemio. Aparte de buen dente de buen garguero también y acompañando el consumo la música: chacareras, chamamés como para hacer dulce mientras pasaban las horas como si nada. Tema aparte los chistes, cuentos, aros-aros, anécdotas, sucedidos, en fin, de todo. Una cosa es contar y otra vivirla. Descollaba en esta disciplina Coco Rodriguez, hombre de 70 largos que supo andar muchos caminos como conductor de camiones, colectivos, etc. Después Cacho, Turi, el Gringo, quién les cuenta, Pico, en fin nos quitábamos para contar. Y Roberto que cada rato lo hinchaba a Coco reclamándole porque no lo había traido a un pariente Cutulo, Tuculo, no me acuerdo ahora.
Mientras tanto algo pasaba en el Club a pesar de la suspensión, ponían música. A la noche después de cenar fuimos hasta allí. Había buena cantidad de personas, changada especialmente, que bailaban cumbias, pero el equipo de sonido era por demás precario, así que regresamos a la base sin mayor novedad. A dormir. Hasta mañana.
                                        EL DIA DESPUES
Unos en catres de tiento, otros en los vehículos, varios en dos carpitas, la cuestión que a la mañana hicimos un recuento de efectivos y estábamos todos en más o menos buenas condiciones. Consumido un refrigerio matutino, en una hermosa mañana de cielo despejado, algunos con Roberto a la cabeza, armado con un machete, se adentraron en la espesura en busca de leña para activar el horno.
Otro contingente, al parecer más “coshkulo” , hizo arrancar las camionetas y se fueron con intenciones de comprar cabritos, cabrillas, lo que se les cruce, Volvieron a la hora y media con los animalitos carneados y uno en pie para criar, dijeron. Mientras tanto el horno estaba a punto, preparada que fue la víctima propiciatoria del jolgorio, en una asadera “ al hoc”, Walter se encargó de la supervisión. A la hora de la pitanza el Gringo opinó: A este horno le ha faltao fuego. Si, iá te lo vua hacer fuego arriba el horno también, se atajó Walter.
El dia anterior el almuerzo fué regado con vino Canciller cuyos envases quedaron como para delimitar varios canteros, en la oportunidad a falta de un vino de prosapia se tuvo que apelar a un lugareño y proletario tetra break marca Padrino de Oro que andaba de mano en improvisados vasos hechos de la mitad de botella plástica de tres litros, eso si con soda y hielo.
Y otra vez a los postres salieron a relucir los instrumentos. En la víspera después que el Gringo tocó un buen rato apelando el firmante a un tono lastimero, tímidamente pidió el instrumento porque supo ser del oficio años ha. Muy amablemente el dueño cedió el útil y de a poco el músico de otrora comenzó a rebobinar viejos éxitos con los que supo hacer bailar a más de una briosa paisanada.
Así transcurrió este encuentro en el que quedó sellada una amistad, más que amistad, una hermandad, con esta hermosa gente, intercambiando a la hora de la despedida números de teléfono como se estila ahora, para que en alguna otra ocasión, ojalá no tan lejana, programar otro encuentro en el cual revivir estos momentos que a la distancia de los pocos días transcurridos saben a miel sobre hojuelas por lo intensos y sinceros. Gracias hermanos y hasta la próxima  guitarreada.




PERSONAJE
ACLARACION
Esta foto es una humorada de Roberto. En la mañana del sábado el trovador entonaba sus canciones y la somnolencia de Pico es efecto de los medicamentos que tomó un rato antes. Aprovechó el fotógrafo para jugarle una broma.

PICO GORDILLO
Ya están escritos los datos básicos de este hombre que nació, se crió en Villa Brana y al que un dia los sueños le hicieron anhelar un futuro mejor, como a un buen santiagueño que se precie, en la gran ciudad.
Transcurrida su vida en un contexto de trabajo y honestidad conformó una hermosa familia hecha de logros y coyunturales sinsabores que le dieron mayor valor a lo conseguido. Más allá de esta realidad el amor al terruño natal siempre estuvo presente en sus pensamientos hasta que un dia se le dio por plasmar en la prístina blancura del papel aquello que venía bullendo dentro de su pecho.
Ha escrito una prosa en la orfandad literaria pero allí donde le falta ciencia le sobra la sinceridad y el color. Color y calor, a siestas andadas, a sabor de piquillín de los montes, de dulzura de tuna, al silbido de un iutito pobre desafiando al changuito hondeador.
Buen hombre, como esos viejitos y esa hermana que duermen en un misterio de tierra, acompañado de su fiel compañera vino a esta su Villa Brana con ganas de decir sus prosas en el festival que no pudo ser. Otra vez será, hermano Pico, mi guitarra te estará esperando para ser la dulce compañía de tus palabras nacidas del corazón. Aquí está una muestra:

                                         CAUSASCKA
A Villa Brana

Suj quillay atun acunó mi sueño en mi adolescencia
En medio del patio un catre de doble cruceta y cuatro largueros
Me dieron sus brazos en mls largas noches de fresco rocío
En el universo millones de estrellas me dieron su lumbre.

Toda Villa Brana sámay puñuy upallay tutaymaj
tutay es serena no vibra ni el canto del grillo en la oscuridad
sujeta un arado su filosa reja clavada en la ashpa sinchi
lo deja parado pasará la noche como abriendo el surco.

Clavada una estaca de quebracho blanco y tujsi en horqueta
Bajo un algarrobo pasarán la noche la zorra y el hacha
Adentro del rancho sus fuerzas tucushcka pensando en mañana
Puñuy sámay el que va a sembrar con los jornaleros y con los hacheros.

Urapi itin atun se siente el aroma de tientos mojados
Donde el artesano a pura destreza prepara orejeras
Maneas trabajadas, lujosos bozales y lazos trenzados
De largos alcances hombres de a caballo lucirán su arte.

Ya viene aclarando, el canto del gallo, despertó su silencio
Alumbró el lucero en el universo y nos dio su brillo
Despertó el obraje, cada poblador, escarba el fogón
Bajo las cenizas machasckay quillisma que dejó el tizón.


Cargan los braseros, en sinchis chiriscki nos da su calor
En las negras pavas brincan las tapitas cuando hierve el agua
De bella gragancia perfuma la yerba del mate cebado
De manos del hombre que choncka y micuy ñitishcka ushpera.

A campo traviesa ya salió el hachero rupaj o chirishcki
El sabe de cuantos misterios brindan a su paso los rayos del sol
Cuando a paso firme cruza la espesura de los sisa ckellus

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